sábado, 22 de julio de 2017

Torre blanca

Fui tan ingenuo de creer que madurar es trascender a las emociones. Pero fui más ingenuo por creer que semejante cosa es posible. Que no estaba tapando el sol con la mano.

Me terminé convirtiendo en lo que odiaba de la chica a la que le dediqué tantas lágrimas derramadas sobre poemas que pretendían ser cartas de amor cuando sólo eran gritos desesperados de sufrimiento.

Creí en el verso de que la felicidad está en una vida completa. Completa de amigos, una pareja, salidas, una carrera, éxito, dinero, fama y hasta poder.

Le debo a mi mala suerte mi decepción ante esta fútil realidad, que a pesar de desear con tanto anhelo nunca pude acercarme a vivir. Tal vez por desearla tanto, o tal vez porque muy en el fondo no me quería rendir ante el goce de lo mundano y la abdicación de lo implícito.

Es gracioso que yo hable de rendición, porque es todo lo que aborrezco, pero nunca supe reconocer en qué dirección orientar mi vida como para saber qué sería rendirme y qué sería triunfar. Año tras año, etapa tras etapa, me muevo entre una realidad y la otra. Entre dos perspectivas contrapuestas de lo que es ganar y lo que es perder.

Una me dice que la felicidad está en lo que puedo alcanzar si me esfuerzo, aunque sean cosas que realmente no desee. Pero que no me deja pensar qué es lo que quiero, así que me divierte en esa inútil búsqueda mientras los días se consumen mi vida.

La otra sabe que escribir estas cosas es absurdo, pero reconoce que todo lo es y por lo tanto prefiere dedicar una vida a la poesía, a los excesos y a la búsqueda incesante e imposible del sentido último de todas las cosas.

En un aspecto estas realidades chocan, ambas me encierran en círculos viciosos para evitarme enfrentar ante la nada misma.

Empiezo a cuestionar que Dios sea el ying y el yang, el 1 y el 0. Tal vez sea verdad que no existe.

Necesito darle una explicación a todo y es por eso que nunca pude conformarme con la idea de que nada tenga sentido, que la soledad sea lo único verdadero en este camino de existir que me gusta llamar batalla, que Dios no exista. Negarlo no es explicarlo, es como decir “porque sí”. Quisiera adjudicarle esta necesidad a mi condición humana, pero siento que estaría ocultando una necesidad inherente a mi ser. Tal vez haya gente para la que el nihilismo es algo en sí mismo. Para mí no tiene sentido.

Pensando en estas cosas no pude evitar preguntarme si lo que voy a escribir lo voy a hacer porque necesito reflexionar sobre el curso que está tomando mi vida o lo voy a hacer porque ya nadie se cree mi cuento de alegrías fáciles con cosas tan estúpidas para el alma como son el dinero y la falsa auto superación.

Constantemente subestimo al prójimo, pero hacerlo en una cuestión tan personal como lo es la razón de existir los debe haber ofendido, y me hundió en un estado de soledad que no podía comprender con mi lógica fabricada sobre auto-engaños. Ahora sé que necesitaba sentir.

No sabría decir si esa es la peor o la mejor forma de vivir.” Escribí en un poema.

Siempre queriendo trascender a la media, así soy yo. Mi ego me nubla no sólo de alcanzar las cosas que quiero sino de saber reconocer qué es lo que quiero.

Una parte de mí le quiere mostrar estas palabras a mis seres queridos para que sepan que tengo sentimientos, para que podamos conectarnos y así luchar contra el mayor miedo que tenemos en común, la soledad.

Otra parte quiere que le reconozcan el mérito por escribir algo profundo y quiere que lo sigan por ello. No quiere el amor de nadie, quiere su deseo.

Inclusive en la depresión negada que fue mi vida mientras buscaba felicidad en tonterías, me sentía solo. Quería salir con un amigo, pero cuando me invitaban ya no tenía ganas. Sólo necesitaba ese deseo, ese chispazo de ilusión de que aún piensan en mí, que mi ser sigue ahí, en el recuerdo de algún tonto que haya leído uno de mis poemas o al que le haya contado mis más profundos pensamientos en una borrachera.

Si fuese tan fuerte para llevar esa parte de mi ser conmigo no necesitaría la confirmación de otros de que sigo siendo humano.

Me las arreglé para asociar esta búsqueda introspectiva con las consecuencias de las depresiones que me causaba. Las ahora tan temidas drogas que me hacen ver otra realidad y me van a sacar de esta nube de pedos.
Realmente no es necesario drogarse cuando uno se deprime ni uno siempre se va a deprimir cuando piense en su razón de existir. Y ni siquiera es que me importen las consecuencias del abuso de las drogas. Sólo me empeciné en alimentar de miedos lo desconocido de mi propio ser.

¿Cómo no voy a estar solo si la poesía es lo único por lo que alguien alguna vez se interesó en mí y ya no la escribo?
Tal vez no las palabras en versos, pero sí los pensamientos que me movilizaron a escribirlas.

Si realmente eso es lo único que me importa de los demás. Lo que tienen bien adentro suyo: sus sueños, sus traumas y sus fetiches.

No puedo trascender a mi humanidad, no soy más que estas palabras. Aunque lo quiera negar o me engañe con realidades vacías.

Soy ese mensaje esperado por meses, soy ese beso traicionero, soy los recuerdos de esa flor caprichosa, soy ese deseo de destrucción del status quo, soy el anhelo de la chica de mis sueños, soy el mundo que encierran los ojos de mi novia. Soy tantos sueños y tantas decepciones que hasta que me puse a escribir me parecían olvidadas, como si hubiesen pasado hace más años de los que tengo.

Ya no me siento tan solo, volví a tenerme a mí mismo.






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